Trastorno por Déficit de Atención
con Hiperactividad
Una de las principales
preocupaciones de la sociedad y de sus sistemas
de salud es lograr la prevención y tratamiento
de desórdenes conductuales y emocionales.
Especialmente existe la preocupación entre
los padres y profesores por aquellos niños
que presentan dificultades de atención
y concentración, impulsividad en su modo
de pensar y comportarse, sobreactividad y dificultades
para autocontrolar su conducta.
Actualmente, este interés se ha visto
reflejado en el aumento de derivaciones de estos
niños a los centros asistenciales y consultas
privadas para su atención, porque la sintomatología
que ellos presentan perturba tanto a su entorno,
como a ellos mismos.
Es así como, existe una alteración
conductual denominada Trastorno por Déficit
de Atención con Hiperactividad, que aparece
tempranamente en el niño y evoluciona de
diversas maneras hacia la adultez. La preocupación
por este cuadro se debe a su alta incidencia en
la población infantil, alrededor de un
tres o cuatro por ciento (Valdivieso y Céspedes,
1980; DSM III R, 1988) y por los problemas de
adaptación que pueden presentar estos niños
en su ambiente familiar, escolar y social, debido
a su deficiente capacidad para controlar sus conductas
impulsivas y actividad excesiva.
Este patrón de comportamiento, que ha
permanecido por décadas y se ha vislumbrado
en todas las culturas, es un tema en permanente
revisión. Esto ha generado diversas modificaciones
en la terminología del trastorno, lo que
ha sido reflejo de las tendencias históricas
en la conceptualización etiológica
y en las características esenciales del
cuadro.
TERMINOLOGIA DEL TRASTORNO
El primer paradigma explicativo de éste
patrón de comportamiento del niño
está basado en un modelo médico,
de enfermedad, hipotetizándose un déficit
neurológico como causa de estas desviaciones
de la conducta; así, se formuló
como etiología central de este síndrome
una alteración de origen orgánico,
esta primera conceptualización estaba asentada
en un determinado momento histórico, época
donde los niños que sobrevivieron a la
primera guerra mundial y que presentaban secuelas
de encefalitis exhibian desórdenes severos
de conducta, de origen orgánico. Este patrón
de conducta en niños se denominó
Síndrome de Daño Cerebral, designado
por la similitud entre la sintomatología
por ellos presentada y la de aquellos pacientes
que habían sufrido un trauma físico
(Weiss, 1991).
Asimismo, Strauss y Lehtinen en 1947, enfatizando
la etiología orgánica, describieron
a niños retardados como presentando hiperactividad,
distractibilidad, impulsividad, perseverarán
y defectos cognitivos. Ellos consideraron que
las conductas de estos niños eran debidas
a daño cerebral, pero se cuestionaron el
hecho de que el daño cerebral en niños
hiperactivos no estaba relacionado, en forma cabal,
con retardo mental lo que los condujo a modificar
el término, utilizado hasta ese momento,
por el de Síndrome de Daño Cerebral
Mínimo (Strauss y Lehtinen, en Weiss, 199
l).
El avance tecnológico en investigaciones,
evidenció que el daño cerebral era
poco común en las poblaciones de niños
con incapacidad de aprendizaje e hiperactividad.
Comenzó entonces, a prevalecer la concepción
de que el origen de este trastorno es una disyunción
maduracional del sistema nervioso central, a partir
de lo cual este patrón de conducta pasó
a denominarse Síndrome de Disfunción
Cerebral Mínima (Lahey et.al., 1979). Este
término es aplicado a niños de capacidad
intelectual promedio o cercano a él, con
ciertas dificultades de aprendizaje y/o conductuales
(Valdivieso y Céspedes, 1980).
Posteriormente, se han realizado esfuerzos por
crear una clasificación del trastorno más
científica, válida y contable, en
donde la Clasificación Internacional de
Enfermedades, de la Organización Mundial
de la Salud (ICD-9) y el Manual Diagnóstico
y Estadístico de los Trastornos Mentales
(DSM II) modificaron la denominación del
cuadro, caracterizándolo por sobreactividad
y falta de atención, llamándolo
Síndrome Hiperkinético de la Niñez
y en el cual se incluía a niños
con daño cerebral y retardo.
Hace dos décadas, Virginia Douglas (1972)
postuló que el déficit central de
este desorden, caracterizado por déficit
de atención e inquietud, era un fracaso
de la regulación en la excitación
de la atención y control inhibitorio. En
la revisión del DSM II (posteriormente
DSM III) se consideró relevante lo planteado
por Douglas y retomando su opinión, renombraron
este Síndrome con el término Trastorno
por Déficit de Atención con y sin
Hiperactividad, caracterizado por falta de atención,
impulsividad y en algunos casos hiperactividad
(Douglas, 1972, en Douglas et.al., 1976).
La distinción de estos tres síntomas
permaneció por poco tiempo ya que la revisión
del DSM 111 (posteriormente DSM III-R) cambió
el nombre del cuadro a Trastorno por Déficit
de Atención con Hiperactividad, manifestando
que el síntoma primario de este desorden
es la actividad excesiva.
Luego apareció una postura ambientalista,
emergiendo un segundo paradigma denominado «Enfoque
Conductual». Esta orientación postula
que los síntomas de sobreactividad, impulsividad
y dificultades de atención, son patrones
de conductas no adaptadas y desajustadas que pueden
ser modificadas de igual forma que cualquier otro
desorden de conducta, a través de las técnicas
basadas en los principios de aprendizaje.
Un nuevo paradigma explicativo, es el denominado
«Enfoque Cognitivo Conductual», cuyo
énfasis está localizado en el rol
de las autoverbalizaciones como instrumentos mediadores
que sirven de guía en la actuación,
regulando y controlando la conducta. En el tratamiento,
el niño hiperactivo e impulsivo es expuesto
a un modelo que exhibe estrategias especificas
de autoinstrucción en donde el niño
debe aprender a implementar, crear y verbalizar
instrucciones verbales que concilien el pensamiento
con la acción (Lahey et.al., 1979).
Actualmente, este Síndrome se denomina
Trastorno por Déficit de Atención
con hiperactividad (RDAH) y se ha llegado a un
consenso respecto de las características
que lo conforman: conductas socialmente perturbadoras,
síntomas exteriorizados, impulsividad,
falta de atención e hiperactividad (DSM
III-R, 1988).
Este trastorno puede definirse como un Trastorno
del Desarrollo (Madurativo de Origen Genético)
del lapso de la Atención, del Control de
Impulsos y de la Actividad Motora (Hiperactividad)
apropiadas para la edad. Este cuadro, que aparece
tempranamente en la infancia, se presenta en niños
con inteligencia normal o sobre lo normal, sin
problemas neurológicos graves, sin alteraciones
sensoriales, ni disturbios emocionales serios,
pero cuya sintomatología acarrea problemas
en el hogar y en las relaciones interpersonales.
Este cuadro tiene una prevalencia bastante alta
en la población infantil, alrededor de
un 3% a un 15%, encontrándose con mayor
frecuencia en hombres que en mujeres, en una relación
de 3:1 ó 4: 1. Además, se ha podido
constatar que dentro del porcentaje de niños
que presentan este trastorno, sólo un 5%
muestra una alteración neurológica
asociada (Valdivieso y Céspedes, 1980;
DSM III-R, 1988).
Esta alteración puede aparecer antes de
los 4 años, pero a menudo se evidencia
cuando el niño inicia la educación
sistemática. Para diagnosticas a un niño
con TDAH, las alteraciones por él exhibidas
deben tener una evolución de por lo menos
seis meses y debe manifestar al menos ocho de
los síntomas descritos en el «Manual
Diagnóstico y Estadístico de los
Trastornos Mentales.
Revisado» (DSM 111-R, 1988).
Criterios diagnósticos:
1.- Inquietud frecuente, que se aprecia por
movimientos de manos o pies o por moverse
en el asiento.
2.- Dificultad para permanecer sentado cuando
la situación lo requiere.
3.- Fácil distraibilidad por estímulos
ajenos a la situación.
4.- Dificultad para aguardar el turno en juegos
o situaciones de grupo.
5.- Frecuencia de respuestas precipitadas
antes de que se acaben de formularlas preguntas.
6.- Dificultad para seguir las instrucciones
de los demás y para finalizar las tareas
que se le encomiendan.
7.- Dificultad para mantener la atención
en tareas o actividades lúdicas.
8.- Frecuentes cambios de una actividad incompleta
a otra.
9.- Dificultad para jugar con tranquilidad.
10.- A menudo habla excesivamente.
11.- A menudo interrumpe o se introduce en
actividades de otros niños, interrumpiendo
el juego.
12.- A menudo no escucha lo que se le dice.
13.- A menudo pierde cosas necesarias para
una tarea o actividad escolar.
14.- A menudo, practica actividades físicas
peligrosas sin evaluar los riesgos.
El Trastorno por Déficit de Atención
se encuentra dentro de una de las patologías
serias de conducta infantil, debido a que el comportamiento
del niño perturba, en forma importante,
su ambiente circundante. Estos niños actúan
en forma irreflexivo, tienen dificultad para controlar
sus impulsos, manifestando sus deseos sin análisis
previo de la situación, generando todo
ésto, importantes problemas en sus relaciones
interpersonales, lo que dificulta la adaptación
del niño a su medio.
Este trastorno, a su vez, puede afectar el desarrollo
normal del niño tanto en el área
conductual, cognitiva y afectiva-social. Estudios
realizados por Pearson (1991) han revelado que
las habilidades de comunicación, capacidades
sociales de enfrentamiento, relaciones interpersonales
y su conducta adaptativa general, tienden a disminuir
a medida que los niños aumentan en edad.
También, se les dificulta la adquisición
de habilidades prácticas para interactuar
con el medio ambiente físico y social.
Este retraso, en el funcionamiento adaptativo
global de estos niños, no está relacionado
con el nivel de desarrollo esperado, tanto para
su edad cronológica como para su desarrollo
cognitivo intelectual. Es decir, no es que exista
una pérdida de facultades, sino que estos
niños presentan un bajo nivel de adquisición
de nuevas habilidades adaptativas.
También se ha visto que, en el niño
se produce un deterioro social, escolar, que conlleva
constantes experiencias de frustración
y fracaso que afectan la imagen de sí mismo,
asociado a una baja autoestima. Esto, a su vez,
produce conflictos permanentes con el medio y
reacciones negativas de ambas partes en interacción,
que se van retroalimentando a sí mismas.
En cuanto a la evolución del trastorno
se ha visto que, en la mayoría de los casos,
las manifestaciones perduran durante la niñez,
persistiendo los síntomas hasta la adolescencia
y adultez. En otros casos la sintomatología
desaparece en la pubertad, pudiendo persistir
el problema de atención (DSM III-R, 1988;
Lambert et. al., 1987; en Lambert,1988). Los síntomas
tempranos en la infancia se asocian con un alto
riesgo de presentar fallas educacionales, sociales
y patologías severas en el periodo de la
adolescencia y adultez.
Todo ésto genera un gran costo para la
sociedad por el riesgo, que presentan los niños
con este cuadro, de evolucionar hacia trastornos
conductuales y de salud mental, cuya rehabilitación
se dificulta en las etapas más avanzadas
de la vida.
Un gran porcentaje de niños continúan
experimentando dificultades académicas,
conductuales y de personalidad, como por ejemplo:
bajo rendimiento escolar, baja autoestima, depresión,
conducta agresiva, delincuencia y personalidad
antisocial.
Se sabe que la severidad de los síntomas
y la asociación de éstos a conductas
agresivas, inciden en el pronóstico evolutivo
del niño (Lambert, 1988; Pierce y Campbell,
199 l).
Se observa además, un decremento importante
en el funcionamiento adaptativo global, lo que
refleja un retraso en las habilidades sociales
respecto a lo esperado para su desarrollo cognitivo
intelectual. Es decir que, a mayor edad del niño,
declinan las habilidades prácticas para
interactuar con el medio ambiente físico-social
y lo que se ve asociado a un deterioro personal,
social y escolar.
DESCRIPCIÓN DE LA SINTOMATOLOGIA
1.- Hiperactividad: Se describe
como un patrón persistente de actividad
excesiva frente a situaciones que requieren ejecución
motora restringida. Las conductas aparecen carentes
de orientación clara hada una meta, encontrándose
un conjunto de acciones anormales en cantidad
y calidad no acorde a lo esperado para la edad
del niño (Kernberg, 1980).
Este síntoma se caracteriza por la combinación
de exceso de actividad y comportamiento perturbador,
que en niños mayores se manifiesta como
intranquilidad extrema, impaciencia y nerviosismo.
2.- Escasa atención sostenida:
Se distingue por la dificultad del niño
de mantener la atención, por aquellos periodos
de tiempo necesarios para la realización
de una determinada actividad, manifestándose
también en distractibilidad o respuesta
rápida a estímulos irrelevantes.
Es importante resaltar que, estos niños
pueden concentrarse en alguna actividad que les
guste, emergiendo así una atención
selectiva relacionada con la motivación
y placer en las distintas tareas.
3.- Impulsividad: Este síntoma
se traduce en el niño a través de
actuaciones impulsivas y en una dificultad generalizada
para la inhibición de impulsos. Se manifiesta
además, por un estilo de procesamiento
de información de tipo impulsivo, es decir,
rápido e impreciso.
Es necesario tener en consideración que
estos síntomas pueden estar presentes en
muchos niños, que no necesariamente pueden
ser diagnosticados como presentando un Trastorno
por Déficit de Atención, lo que
hace necesario un diagnóstico diferencial
para llevar a cabo un tratamiento adecuado para
ese niño en particular. Algunos cuadros,
que sin ser diagnosticados como T.D.A., pueden
confundir el diagnóstico por presentar
síntomas asociados similares, tales como
impulsividad, dificultades para mantener la atención
e hiperactividad son los siguientes:
- Sobreactividad adecuada a la edad: niños
normales de temperamento activo, cuyas conductas
son organizadas y están dirigidas hada
un propósito.
- Niños que viven en ambientes inadecuados,
desorganizados o caóticos: estos niños
pueden presentar dificultades para mantener
o dirigir sus conductas hada un objetivo determinado.
- Retraso mental: Son niños que pueden
presentar síntomas clínicos
característicos de impulsividad, hiperactividad
y distractibilidad por su retraso generalizado
en las funciones cognitivo intelectuales.
- Trastorno de conducta: son niños
a menudo de carácter impulsivo, poco
controlados, con dificultades para someterse
a límites.
- Trastornos emocionales: especialmente
en niños con trastornos reactivos que
presentan una baja de la atención y
síntomas en el área de la conducta.
- Trastornos de aprendizaje: Los niños
pueden presentar dificultades de atención,
inquietud, etc., como reacción a una
situación de fracaso escolar. Por no
poder seguir el ritmo de la clase parecen
desatentos, molestan a los otros, no logrando
participar adecuadamente en el proceso de
aprendizaje.
- Problemas sensoriales: Los niños
con dificultades auditivas y visuales pueden
aparecer como poco atentos y concentrados
en el trabajo, dada su dificultad para seguir
los estímulos que se presentan en la
sala de clases.
- Problemas de lenguaje: Niños con
dificultades verbales comprensivas, que les
dificulta el seguir adecuadamente las instrucciones,
pueden presentar síntomas de distractibilidad
e inquietud asociados aun estado de aburrimiento
por no poder participar adecuadamente en la
sala de clases.
- Neurotóxicas: algunos medicamentos
interfieren en el control focal reduciendo
la capacidad de mantener la atención
por periodos mayores de tiempo.
Los niños que si presentan Trastorno por
Déficit de Atención son considerados
de alto riesgo por la potencial asociación
de este trastorno con patologías diversas
(trastornos conductuales, trastornos de personalidad
y otros), por la mayor probabilidad de intento
de suicidio y problemas sociales. De lo anterior,
se infiere la gran necesidad de estos niños
recibir asistencia y apoyo para superar sus síntomas,
tan perturbadores para ellos mismos como para
quienes los rodean. Se suma a ésto, la
relevancia social de las complicaciones asociadas
a la falta de un tratamiento adecuado y precoz.
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Martín
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