Alfonso
Correa del Río: Psiquiatra de la Universidad
de Chile. Destacado profesional en el campo
de la psiquiatría infanto Juvenil.
Se ha especializado en la evaluación
diagnótica de Ceril haciendo de cabeza
de equipo en psicología, Psicopedagogía,
fonoaudiología y Terapia Ocupacional.
Además es terapeuta clínico.
¿Cómo poner límites
a un hijo mayor de 18 años que vive con sus
padres?
Si bien el logro
de la autonomía va desarrollándose
paulatinamente desde el nacimiento y que durante
la adolescencia es un proceso que avanza rápidamente,
éste no termina con el paso a la adultez,
ni tampoco es una característica que mágicamente
irrumpe a los 18 años.
Todos necesitamos seguir avanzando en autonomía
durante la vida adulta, y para ello, también
necesitamos límites que nos ayudan a tomar
conciencia de hasta dónde llega nuestra
libertad y que, además, nos trasmiten seguridad
y confianza, dado que los límites aportan
estabilidad y predictibilidad, nos ordenan y nos
permiten afirmar nuestra identidad.
Identidad que no culmina al alcanzar la mayoría
de edad. Aprender a relacionarse con un hijo adulto
y, como adulto, con sus padres, es una tarea que
poco se ha estudiado y valorado en nuestra cultura,
sin embargo, es un aspecto que mientras más
maduro sea, más lo será también
nuestra sociedad.
Aprender a relacionarse entre adultos, con roles
diversos, independiente de sus capacidades, con
respeto mutuo, es ineludible. Toda relación
sana entre adultos tiene límites, en la
pareja, entre amigos y la relación laboral,
por lo tanto no nos podemos espantar con tener
que, como hijos adultos, aceptar que se nos pongan
límites o se nos plantee qué cosas
están permitidas y cuales no.
Es así como esos límites nos ayudan
a sentirnos protegidos y a sentir que alguien
desea que yo pueda desarrollarme y adaptarme en
otros ambientes, donde también hay límites.
Si uno como padre es un adulto significativo para
el hijo, ya que durante la crianza, ha existido
una relación válida, con afecto
y con consecuencia en el actuar, con tiempos compartidos
y límites claros, que se han ajustado a
la edad del momento, entonces, la conversación
que se dé con ese hijo adulto estará
cargada de significación y uno podrá,
no sólo tener un diálogo, sino aprender
mutuamente de la relación.
El límite que se pone a un hijo adulto,
que vive en la casa, es dialogado, valorando su
opinión, con respeto, buscando acuerdos,
siendo capaz de transar en algunos aspectos no
fundamentales y teniendo muy en claro cuáles
son los márgenes dentro de los cuales se
puede optar (los que definen los padres o adultos
responsables). Como padre uno supervisa que se
cumpla lo que el hijo ha propuesto o con lo que
el hijo se ha comprometido. Cuando no existen
acuerdos previos, el límite es autoritario
y carece del valor formativo profundo. El hijo
adulto debe respetar ciertas normas de convivencia,
así también como los padres deben
respetarlas y ser modelo de ello si desean trasmitir
un mensaje con consecuencia y consistencia.
Martín
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