¿Cómo poner límites a un hijo mayor de 18 años que vive con sus padres? / Alfonso Correa del Río: Psiquiatra de la Universidad de Chile. Destacado profesional en el campo de la psiquiatría infanto Juvenil. Se ha especializado en la evaluación diagnótica de Ceril haciendo de cabeza de equipo en psicología, Psicopedagogía, fonoaudiología y Terapia Ocupacional. Además es terapeuta clínico. (Ceril 2005)

Si bien el logro de la autonomía va desarrollándose paulatinamente desde el nacimiento y que durante la adolescencia es un proceso que avanza rápidamente, éste no termina con el paso a la adultez, ni tampoco es una característica que mágicamente irrumpe a los 18 años.

Todos necesitamos seguir avanzando en autonomía durante la vida adulta, y para ello, también necesitamos límites que nos ayudan a tomar conciencia de hasta dónde llega nuestra libertad y que, además, nos trasmiten seguridad y confianza, dado que los límites aportan estabilidad y predictibilidad, nos ordenan y nos permiten afirmar nuestra identidad.

Identidad que no culmina al alcanzar la mayoría de edad. Aprender a relacionarse con un hijo adulto y, como adulto, con sus padres, es una tarea que poco se ha estudiado y valorado en nuestra cultura, sin embargo, es un aspecto que mientras más maduro sea, más lo será también nuestra sociedad.

Aprender a relacionarse entre adultos, con roles diversos, independiente de sus capacidades, con respeto mutuo, es ineludible. Toda relación sana entre adultos tiene límites, en la pareja, entre amigos y la relación laboral, por lo tanto no nos podemos espantar con tener que, como hijos adultos, aceptar que se nos pongan límites o se nos plantee qué cosas están permitidas y cuales no.

Es así como esos límites nos ayudan a sentirnos protegidos y a sentir que alguien desea que yo pueda desarrollarme y adaptarme en otros ambientes, donde también hay límites. Si uno como padre es un adulto significativo para el hijo, ya que durante la crianza, ha existido una relación válida, con afecto y con consecuencia en el actuar, con tiempos compartidos y límites claros, que se han ajustado a la edad del momento, entonces, la conversación que se dé con ese hijo adulto estará cargada de significación y uno podrá, no sólo tener un diálogo, sino aprender mutuamente de la relación.

El límite que se pone a un hijo adulto, que vive en la casa, es dialogado, valorando su opinión, con respeto, buscando acuerdos, siendo capaz de transar en algunos aspectos no fundamentales y teniendo muy en claro cuáles son los márgenes dentro de los cuales se puede optar (los que definen los padres o adultos responsables). Como padre uno supervisa que se cumpla lo que el hijo ha propuesto o con lo que el hijo se ha comprometido. Cuando no existen acuerdos previos, el límite es autoritario y carece del valor formativo profundo. El hijo adulto debe respetar ciertas normas de convivencia, así también como los padres deben respetarlas y ser modelo de ello si desean trasmitir un mensaje con consecuencia y consistencia.