MANÍAS: LA LOCURA DE LA DUDA Fecha de
publicación 26 de febrero de 2001 por Carmen
ARNANZ
¿Quien no tiene una manía, una
pequeña obsesión que va y viene,
un temor oculto a que pase algo?
Cuando estas cosas, triviales en apariencia,
interfieren en la vida de una persona, se convierten
en una desesperante enfermedad: los trastornos
obsesivo compulsivos. Sin embargo, entre el 1
y el 2 por ciento de la población convive
amigablemente con algunos de esos síntomas.
La ansiedad suele estar detrás de la mayor
parte de esta «locura de la duda»
Lavarse las manos cuarenta veces al día,
ordenar el escritorio milimétricamente,
tardar cinco horas en vestirse, andar pisando
sólo las baldosas rojas, creer que encender
un cigarro supone el comienzo de un pavoroso incendio
en Nueva York... El rosario de «manías»
de los enfermos que padecen trastornos obsesivos
compulsivos (TOC) es largo y sorprendente. Aunque
esta palabra, «manía», tiene
un significado diferente en argot psiquiátrico
(fase de euforia de un paciente depresivo bipolar),
aquí emplearemos su acepción popular.
Se trata de una patología grave y que incapacita
en gran medida a quien la padece, tal y como llevó
a las pantallas de cine el actor Jack Nicholson
en la película «Mejor imposible».
Su papel de enfermo obsesivo compulsivo era fiel
a la realidad. Según los expertos, en las
dos últimas décadas se ha avanzado
enormemente en su tratamiento, que pasa por la
administración de algunos fármacos
antidepresivos y de psicoterapia que intenta modificar
los impulsos irracionales. Todos tenemos, sin
embargo, pequeñas manías u obsesiones
que nos acompañan durante años y
que no tienen por qué constituir una enfermedad.
Entre el 1 y 2 por ciento de la población
muestra síntomas obsesivo compulsivos que
no llegan a constituir una patología, según
estudios realizados en Estados Unidos. El especialista
Jerónimo Sáiz, jefe de Servicio
de Psiquiatría del Hospital Ramón
y Cajal, de Madrid, indica que la incidencia de
la enfermedad como tal en España es muy
baja, del orden de una persona por cada 2.000
habitantes. Hay que diferenciar, pues, entre la
conducta obsesiva -sujetos perfeccionistas, detallistas
e hiperresponsables- y los pacientes psiquiátricos
que necesitan del apoyo de profesionales para
salir del pozo sin fondo de las obsesiones. Según
Francisco Alonso-Fernández, presidente
de la Asociación Europea de Psiquiatría
Social y catedrático de Psiquiatría
de la Universidad Complutense de Madrid, un ejemplo
ilustre de enfermo de TOC fue Juan Ramón
Jiménez. El poeta era un obseso de la limpieza
y de los escrúpulos morales (ideas obsesivas
relacionadas con la religión). En el afamado
Nobel, los trastornos obsesivo compulsivos se
mezclaban con episodios depresivos que le postraban
en la cama durante meses. Un caso raro, porque
la mayor parte de las personas aquejadas de dicha
dolencia suelen perder la mayor parte de su vida
profesional y personal por el camino. Por contra,
una personalidad obsesiva fue la del monarca Felipe
II. Perfeccionista, detallista y meticuloso, el
Rey destacaba por su forma de ser monolítica,
casi tan fría y gris como las paredes del
monasterio de El Escorial, que mandó construir
tras años de estudiados preparativos.
¿Cómo se diferencia un personalidad
obsesiva de un enfermo obsesivo compulsivo? El
enfermo tiene muchos síntomas que empiezan
a aparecer en la adolescencia, mientras que una
obsesión es algo inocuo que tenemos todos,
desde una musiquilla que se viene a la mente inevitablemente
hasta pequeños tics sin los cuáles
es difícil hacer algunas cosas. «Incluso
las supersticiones tienen un carácter ritual
de obsesión. Eso es lo que explica que
alguien piense que por pasar debajo de una escalera
le va a pasar algo terrible. Los enfermos severos
lo que creen es que si encienden un cigarro ahora,
va a haber un incendio en Nueva York. Ellos saben
que son cuestiones absurdas, pero sufren muchísimo
por su causa», explica Sáiz. Un trabajador
con personalidad obsesiva es muy valorado profesionalmente
en nuestra sociedad, como apunta José Luis
Ayuso, catedrático de Psiquiatría
de la Universidad Complutense de Madrid: «Son
personas con un sentido de la responsabilidad
extremo que no pueden dejar nada para el día
siguiente, se llevan trabajo a casa y les gusta
cuidar todos los detalles. También son
individuos más vulnerables a la depresión
o la ansiedad porque su forma de ser es muy rígida».
Por otro lado, el profesor Ayuso sostiene que
el 75 por ciento de los enfermos que sufren TOC
responden a perfiles ordenados y perfeccionistas,
mientras que el 25 por ciento restante son personas
que no se identifican con un carácter obsesivo,
lo que abre un nuevo interrogante.
Defensa frente a la ansiedad La conducta compulsiva
es un mecanismo de defensa frente a la angustia,
de ahí que la ansiedad sea una de las principales
causas de este trastorno. Las «manías»
son conductas rituales, repetitivas, que no tienen
finalidad, pero que tranquilizan al sujeto que
las realiza en cierta manera. A juicio de los
expertos consultados, los enfermos neutralizan
su angustia con la creencia irracional de que
llevando a cabo esa actividad repetitivamente
controlan la situación. Por ejemplo, creen
que lavándose las manos cien veces van
a evitar el riesgo de contagio. Otra conducta
compulsiva frecuente es la de comprobación.
Es típico el ejemplo de la persona que
sale de casa y tiene que volver porque no está
segura de si ha echado la llave o si se ha dejado
los fuegos de la cocina encendidos. Regresar le
tranquiliza, aunque se encuentre todo en orden.
También, el del sujeto que se levanta todas
las noches para ver si está el gas cerrado.
Son casos que se salen de la normalidad porque
seguramente interfieren en sus vidas privadas.
Al ser un mecanismo de defensa contra la angustia,
se da en quienes no controlan bien su ansiedad
y se ven expuestos a que este mecanismo les afecte.
«El enfermo compulsivo es como la huerta
que está al lado del río; cada cierto
tiempo el caudal crece e inunda las lechugas.
El dueño decide protegerse contra el agua
construyendo una enorme tapia, pero las lechugas
se mueren igual porque no les da el sol. Este
sistema de defensa es algo similar: si el eliminar
la ansiedad lleva aparejada una conducta obsesiva,
el sistema no funciona», indica el especialista
del hospital Ramón y Cajal. Mientras el
paciente lleva a cabo la conducta obsesiva no
está angustiado, aunque todo el entramado
que rodea a las obsesiones y compulsiones sí
es angustioso. El principio básico por
el que la compulsión defiende de la ansiedad
es la repetición. Al repetir, «controla»
la situación; las personas obsesivas son
muy inseguras, por lo que se pasan el día
dudando. La duda se elimina repitiendo. Así
no hay cabos sueltos ni cosas que queden al azar,
explican los especialistas. Estas compulsiones
suponen una fuente de sufrimiento infinito para
quienes las padecen. Ellos son conscientes de
lo absurdo de su comportamiento o de las ideas
que asaltan su mente, pero no pueden sustraerse
a todo ese torrente. No sólo les produce
una gran inestabilidad emocional, sino que, además,
pueden aterrarles cosas que ni siquiera se han
producido, tal y como relata el doctor Sáiz:
«Miedo a poder decir algo embarazoso, miedo
a poder robar un banco, miedo a haber hecho algo
y no saberlo. Tengo un paciente que es taxista
y en la fase peor de su enfermedad tenía
que parar el coche constantemente cuando notaba
que había atravesado algún badén
u obstáculo, por temor a haber atropellado
a un niño pequeño con las ruedas
de atrás. La carrera profesional de este
enfermo se vio muy afectada, obviamente».
Ideas obsesivas No sólo preocupan a los
especialistas los rituales o compulsiones, sino
también las obsesiones. Son imágenes,
ideas, pensamientos que acuden a la mente sin
que la persona quiera, de forma repetitiva, y
que son de contenido absurdo. Llegan a angustiar
mucho a los pacientes que las sufren y siempre
se centran en cuestiones sumamente desagradables.
Es frecuente que les asalten imágenes de
un niño, que puede ser su hijo o un menor
de la propia familia, y piensen que le van a matar.
En caso de ser individuos muy religiosos, pueden
imaginarse a las vírgenes o los santos
con características obscenas... Siempre
son los pensamientos más nefastos y contrapuestos
a su moral y deseo. El enfermo no sólo
se preocupa por lo que le pueda pasar a él,
sino a las personas de su entorno. Hay mujeres
que se han obsesionado con que se les ha caído
una aguja de coser en la comida. Cada vez que
ponen lentejas las pasan por un cedazo innumerables
veces, comprueban que no hay nada punzante en
el puchero porque temen enormemente que alguien
de su familia pueda llegar a tragárselo.
Ya se ha dado al menos un caso en España
de un enfermo obsesivo conpulsivo que cree paceder
el mal de las vacas locas y que incluso ha hecho
testamento.
Fármacos y psicoterapia En la terapia
se utilizan fármacos relacionados con la
serotonina. Son inhibidores selectivos de la recaptación
de dicha sustancia. En los casos más graves
se administra este fármaco por vía
intravenosa y se recurre a la hospitalización
porque es una enfermedad que se cronifica y que
suele requerir tratamiento a largo plazo. También
es preciso aplicar psicoterapia conductual y cognitiva:
son técnicas que se basan en los síntomas.
Por ejemplo, asociar un estímulo agradable
con la no realización de la conducta y
otro desagradable con la ejecución de la
misma. La técnica que se utiliza en este
caso se denomina «extinción de la
respuesta» para que el paciente se percate,
por ejemplo, de que encender un cigarro no va
a ocasionar una catástrofe. Según
ha publicado la especialista Mª del Pino
Alonso, de la Unidad de Trastornos Obsesivos de
la Ciudad Sanitaria de Bellvitge, en Barcelona,
los estudios comparativos realizados hasta el
momento con diversos medicamentos antidepresivos
se saldan con «una discreta diferencia a
favor de la clomipramida», aunque, continúa
la psiquiatra, «no existe unanimidad entre
los autores respecto a cuál es el fármaco
antiobsesivo más eficaz». La realidad
es que la clomipramida es la sustancia que más
se emplea para controlar esta patología.
En los casos de gravedad máxima, es de
los pocos trastornos psiquiátricos en los
que se utiliza neurocirugía. Existe una
operación que consiste en hacer pequeñas
lesiones en determinadas estructuras del sistema
nervioso central, que mejoran los síntomas
en los pacientes que han fracasado con el resto
de las terapias. Otras obsesiones, más
que compulsiones, se originan en depresiones muy
profundas, pero son más síntomas
que una enfermedad en sí misma. Por último,
los síntomas repetitivos de tipo compulsivo
en trastornos orgánicos se producen en
personas con daño cerebral, a las que ha
dado un infarto, han tenido un accidente o han
vivido los horrores de la guerra. Manías
para todos los gustos Han pasado por numerosos
cambios de nombre como «locura de la duda»,
«locura lúcida» o «delirio
de tocar». Los trastornos obsesivo compulsivos
empezaron a clasificarse en 1838 en el apartado
de las locuras parciales o monomanías,
para ganar posteriormente el calificativo de locura
por parte de autores franceses como Farlet o Trélat.
También se les ha definido como neurosis
y Freud dijo de ellos que tenían una «causa
psicodinámica». A pesar de ello,
los tipos de obsesiones o compulsiones no han
cambiado apenas a lo largo de los años.
Éstos son algunos ejemplos: Relacionadas
con la agresión. Temor a hacer daño
a los demás, a uno mismo, a insultar o
proferir obscenidades, a dejarse llevar por los
impulsos, a que pase algo terrible, a ser el responsable
de una catástrofe. Sobre la suciedad y
contaminación. Mostrar desagrado exagerado
por las secreciones del cuerpo, por la suciedad
y gérmenes, contaminación ambiental,
por contraer una enfermedad, por que otras personas
caigan enfermas o por la higiene del hogar. Necesidad
de limpiar y lavar. Lavado exagerado de manos,
cuerpo, dientes, arreglo personal de forma ritual,
tomar medidas para evitar el contagio o para eliminar
contaminantes. Sexuales. Pensamientos o impulsos
sexuales prohibidos o perversos que pueden involucrar
a niños, animales, cuestiones referidas
a la homosexualidad o el incesto. De acumulación
y colección: Tendencia a acumular todo
tipo de cosas hasta que la casa se vuelve inhabitable.
El enfermo siente deseos de ordenar, pero no es
capaz de hacerlo nunca. Religiosas. Ideas o imágenes
religiosas con características sexuales
aberrantes. También hay personas que dicen
no haberse confesado bien o haberlo hecho con
mala intención e intentan repetir el acto
numerosas veces de iglesia en iglesia. Necesidad
de simetría y orden. El paciente ordena
y organiza de forma milimétrica. En otros
casos, siente una gran necesidad de contarlo todo.
Sobre el propio cuerpo. Arrancarse pelos de cualquier
parte del cuerpo, morderse las uñas, los
dedos, rascarse de forma excesiva. Compulsiones
de comprobación. Comprobación de
puertas, cerraduras, aparatos, los mecanismos
del coche, así como percatarse de que no
ha sucedido ni sucederá nada malo o que
no hay sustancias contaminantes que puedan perjudicar.
Rituales de repetición. Entrar o salir
por la puerta, levantarse o sentarse en la silla.
Compulsiones varias. Necesidad de saber, recordar,
ver ciertos colores o números -que indican
buena o mala suerte-, sonidos que irrumpen en
la mente con algún significado. Urgencia
por decir, confesar, preguntar, tocar o tomar
medidas de prevención para no hacerse daño
a sí mismo o a los demás o para
evitar un suceso terrible que pueda acaecer. (*)
Fuente: tomado parcialmente de la Escala de Obsesiones
y Compulsiones de Yale-Brown. Uso o abuso de los
psicofármacos La correcta aplicación
de medicamentos para tratar enfermedades psiquiátricas
está siendo puesta en tela de juicio por
algunos profesionales. Para Juan Gibert Rahola,
director de la Unidad de Neuropsicofarmacología
de la Asociación Europea de Psiquiatría,
estas sustancias se recetan en exceso en ocasiones
y, otras veces, demasiado poco, ya que hay muchas
enfermedades mentales, como la depresión,
que no siempre se diagnostican con éxito.
El especialista acaba de presentar el libro «Lo
que siempre quiso saber sobre psicofármacos
y nunca se atrevió a preguntar»,
que contesta a unas 500 cuestiones relacionadas
con medicamentos y trastornos mentales, desde
el nivel más básico al más
complejo. Los expertos piden que se ajusten las
dosis y se afine en su prescripción, especialmente
en la realizada a través de los médicos
de familia. No todo es Biología ni Genética
en la Psiquiatría, como sacraliza una corriente
muy en boga hoy, y que relaciona muy directamente
los fundamentos físicos con las dolencias
mentales. El componente ambiental también
es importante, a juicio de los expertos, para
que se produzca el «cortocircuito»,
en palabras del profesor Gibert, que hace que
una enfermedad se manifieste, ya sea la esquizofrenia
o el propio trastorno obsesivo compulsivo. Por
ejemplo, en un paciente aquejado de depresión
el tratamiento «debe prolongarse seis meses
después de que ésta se dé
por curada», señala Gibert, para
evitar recaídas. Las depresiones son precisamente
otro de los caldos de cultivo de las «manías».
El psiquiatra Francisco Alonso-Fernández,
que también acaba de presentar un libro,
«Claves de la depresión», asegura
que ésta no es un simple trastorno del
ánimo, como dicta la escuela estadounidense.
«A veces -insiste- la persona no se siente
deprimida ni triste en exceso, pero duerme mal,
no tiene ganas de comer y le falta vitalidad.
Este tipo de depresiones no se diagnostican ni
se tratan». El especialista aboga por un
novedoso «modelo español» sobre
esta patología, en el que se tiene en cuenta
la energía del individuo, su estado de
ánimo, su capacidad para adaptarse a personas
y situaciones, y su estabilidad en los ritmos
vitales (sueño y vigilia, comidas...).
Alonso-Fernández ofrece, además,
unas cuantas claves para prevenir entre un 30
y un 40 por ciento de las depresiones: Evadirse
o controlar el estrés. Evitar la soledad,
practicando relaciones sociales suficientes. El
psiquiatra aconseja al menos dos confidentes,
no dos parejas, para poder relatar problemas o
preocupaciones cotidianas. Dar paseos, hacer ejercicio
o deporte al aire libre. La luz natural estimula
la creación de neurotransmisores. Regular
los ritmos vitales. Una cuestión importante
es acostarse siempre a la misma hora, aunque no
se tenga sueño. Ayuda a centrar la mente
y a acompasar todos los procesos biológicos.
Martín
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